La marea me dejó la piel cuarteada,
la miel en los labios
las piernas enterradas -Vetusta Morla

Posaba la cebolla en unos zapatos rojos de piel. Longitud verde de rabo fresco, acomodado dentro del espacio dedicado al pie derecho de la pareja gamuzina. La fotógrafa combinaba luces y sombras, componía su soledad con el discurso implícito de la cebollita blanca que lucía su despeinado copetín de verdura fresca entre el cobijo de la piel de los zapatitos que no sabían hacia donde dirigirse ahora que se encontraba tan sola la que los calzaba. ¿Premonición de llanto? ¿Consuelo de luces? ¿Complicidad del llanto que se esconde tras las capas y capas que la formaban a ella y a la cebolla ante el mínimo roce?
Así trancurría el duelo entre disparos de la cámara reflex y la fotógrafa muda pasaba la tarde explicándo su soledad toda la tarde entre rayos de luz natural hasta que se extingió. Se extingió la luz y el discurso. Se sentó a fumar y decidió dormir.
Hace tanto que pasó esa sesión fotográfica que casi la olvidaba la fotógrafa y sin embargo la recordó al tratar de elaborar una sesión parecida ya no de cebollas y zapatos pasados de moda, sino en las letras y la música. La tonada comenzó y comprendió que esta vez no había zapatos porque sentía que las piernas estaban enterradas, es decir sin la posibilidad si quiera de acceder a los pares de zapatitos (ahora verdes) para fotografiarlos y exprimirles su discurso solitario.
La marea puede ser la metáfora perfecta de los estadíos del corazón de la fotógrafa, la única esperanza, muy atinada por cierto, es que la marea cambia, está viva, nos favorece o nos ahoga según donde decidamos estar. La chica fotógrafa lo sabe y no teme ya que “esto también pasará” y el cambio de la marea es producto de ella misma. Sobrevivirá como siempre hace, con cebollitas cambray, zapatos rojos, mareas en Luna llena y nuevos discursantes aliados que la ayudarán a sanar. Amén.
“[on the future of hand-drawn animation] I’m actually not that worried. I wouldn’t give up on it completely. Once in a while there are strange, rich people who like to invest in odd things. You’re going to have people in the corners of garages making cartoons to please themselves. And I’m more interested in those people than I am in big business.”
-Hayao Miyazaki
(Source: cinemastatic)

Una canción dedicada aun “trovador alado”, otra en la que unos zapatos nuevos nos narran su desventura ente una tormenta y otra sobre un insecto en el bosque que canta el dilema entre la inmortalidad o la efímera vida a una gota de ámbar. Juan Perro en concierto es de esa clase de cosas vividas que se han sumado a las capas de dicha que sumo a mis días, en la que la magia instantánea en un par de arpegios en un puñado de ritmos llenos de corazón, todo envuelto con una voz entrenada a cantar con la felicidad de quien hace lo que le gusta me dieron una lección profunda.
Una lección con muchos contenidos. Me recordé con esa experiencia que los músicos son de esos pocos seres que pueden casi igualar la felicidad de los niños, es decir, viviendo el instante, abrazados por su propia obra y acá entra una de las charlas de Juan Perro, su historia sobre un mirlo que cantaba justo a la hora de la siesta. Hay que ser muy atentos y sensibles, enfocados en que los milagros aparecen justo donde ponemos la atención. ¿Cuántas personas se dan la oportunidad de contemplar a un pajarito terco en su canto y, cuántas de esas personas piensan en el avecita y le dedican una canción años después en un íntimo recital propicio para sonreír?
Recordé la belleza de la sencillez, de las palabras amenas y amables, de los cantos multitonales que quieren salir del corazón. Recordé que lo escencial no es invicible para todos, hay quien lo ve y lo pregona, hay quien reconoce esos detalles bellos que nos sonrien a diario y que muchas veces olvidamos recordarnos que la vida está tangible en el canto de un mirlo negro como en un concierto o en mis dedos que se detienen a teclear mi sonrisa impresa después de ese evento. Me gusta no olvidar. Me gusta.
Abrazo de marmota
(Source: metroplastique)

Hasta los pájaros dejan de cantar,
las heridas cicatrizan más lento,
los dolores duelen más…
Con un tono de sabihonda mi tía Abuela Salud dijo que de eso se trata esta época y además dijo una fecha exacta: 28 de julio, le pregunté si cada año era la misma y dijo sin dudar que sí.
Y yo que trataba de saber de donde diablos proviene esta “mala” temporada en mis años…
No es superstición, pero tampoco es una coincidencia, Salud dijo que también era un tiempo para cuidarse, un tiempo de cambio, como las aves, que además de no cantar cambian de plumas, o sea toman su tiempo para continuar…
Las heridas tardan más en sanar, pero jamás auguró que no sanarían, toman su tiempo, es todo y está bien para mí. Sé que estoy en una transición y creer que ya terminó es errar el camino, todos los días son una buena noticia y una nueva oportunidad…
Me vi a la distancia de un año, de ese desencuentro que describía como un síntoma de esta época, como si las despedidas dolorosas fueran algo común en este tiempo y antes que apegarme a la superstición, siento que he mutado y me alegro, sí, las heridas tardan más, pero sanar nunca fue tan reconfortante…
También dice Salud que la canícula como empieza termina, si llueve habrá más lluvia, si hace mucho calor… matemática simple, pero reto a Salud a que niegue el hecho de que aunque la canícula “prediga” lo que quiera, los pájaros siempre vuelven a cantar…
Así entonces, sé que esto pasará, el péndulo y la conciencia están de mi lado…
Nota: curioso que mi tía se llame Salud, curioso en verdad…
(9 de agosto del 2011)
1. tr. Privar a alguien, con abuso de su confianza o con infidelidad a las obligaciones propias, de lo que le toca de derecho.
2. tr. Frustrar, desvanecer la confianza o la esperanza que se ponía en alguien o en algo.
3. tr. Eludir o burlar el pago de los impuestos o contribuciones.
4. tr. Turbar, quitar, entorpecer. Defraudar la claridad del día, el sueño

En este plano y no en otro es donde vivo lo deseado,
en esta dimensión y no en otra es donde encuentro lo que busco y busco lo que amo,
en esta letra y no otra es donde plasmo la sonrisa por mi sonrisa.
Abro mi mente y se desborda la realidad que en ella hay,
es ésta realidad y no otra es en la que sueño viviendo:
las paletas heladas de limón y granadina están hechas hielo en el congelador, la cama reconfortante de cojines multicolores esperándome, la pijama de gatos, las sandalias moradas, los listones para el cabello en coleta escolar de la mañana de la princesa que duerme entre una familia de osos y libros voladores de brillantes ilustraciones y acuarelas parlantes, la cortina roja de la cocina musicalizada en polka blanca que acompaña en juego el tapete de la estufa, el plástico protector; todo es tan rojo como es posible que casi se incendia y su fuego me recuerda que todo esto lo he construido en la honestidad de lo que habita en mi corazón.
Lo escribo para recordarlo, halagarlo, hacerle reverencia y agradecerle a cada cosa útil que me habla a cada paso de esta casita que solo da frutos sinceros. La soledad me abraza y la abrazo agradecida. Me encuentro.

tengo un insomnio en blanco y negro
tiré por la ventana todos lo grises intermedios
gama de razones sistólicas
culpa rayoneada con filetes dorados
llanto sin luz al mediodía de la medianoche solitaria
tengo un sueño de colores
tonos metálicos de atardeceres invernales
serenata de plata recordada, atesorada
suspiro intenso, amoroso, está por amanecer… de nuevo
se acabaron las medias luces
queda el gran contraste de tu corazón enmarañado
tu mirada clara me conmueve en tu versión inanimada
leo tus poemas pentagramados tan ajenos, tan cercanos
hilvano la cordura, mi sueño, la empatía
solo tengo un puñado de disculpas inservibles
sin embargo, las tejo también con bendiciones
cierro.

Medianoche. La calle sola. El alma sola, consigo misma. Mil preguntas y mil reproches en la lengua. Cruzo la calle que solo se hace acompañar de sus propias sombras. Una luz roja en el auto. Levanto la mano, el auto se detiene. Me subo y dejo las esperanzas rotas irse por la alcantarilla de la ancha calle de la ciudad. De camino, agradezco que el taxista no inicie ninguna plática. Se concentra en las indicaciones iniciales. Avanza. El paisaje citadino, nocturno atraviesan mi ventana. Bajo el vidrio y entra el frío. Lo dejo así para volverme a la realidad de mi nube de pensamientos… de sentimientos.
Pienso en las galletas que no se me regalaron por cortesía. Cuánto egoísmo puede incluir un simple movimiento, una simple acción. Cuánto abandono puede sentirse al tomar sola un taxi por la noche. Puede no ser nada, un descuido, una acción poco pensada, sin embargo, siento que en el reino de la verdad los detalles son las pepitas de oro en toneladas de piedra inservible. En los detalles la mayor riqueza. La falta de ellos, la llanura infértil, esteparia.
He tomado muchos taxis de noche y he tenido muchas galletas de regalo. Es más las galletas de chocolate solo las como cuando no me queda más. Sin embargo… Y andar sola por la noche no me asusta, sin embargo…
Llego a casa. El taxímetro marca la cuota que bien me alcanza para 5 docenas de galletas y comprendo. Comprendo que estoy sola, que he llegado a casa, que en el silencio de ella caben nuevas esperanzas. Abro la puerta, las dejo entrar. Al subir las escaleras digo en voz alta: las galletas de chocolate ni siquiera me gustan.
Duermo y espero a que la taquicardia de la ansiedad se pase. Segura estoy que no tengo miedo vivir mi tristeza. Pasará. Y cuando pase comeré galletas de nuevo, sopeadas en compañía de las sonrisas que se desbordan. Duermo. Sueño. “Esto también pasará” me repito.